El heredero de la infamia

Sentí una punzada aguda en la base del cráneo.

La madeja de mentiras era mucho más profunda y perversa de lo que jamás imaginé entre los muros de aquella mansión.

Saqué mi teléfono y fotografié minuciosamente cada página del expediente y del cuaderno, asegurándome de enfocar los sellos notariales y las firmas autógrafas.

Luego, extraje la tarjeta de memoria del dispositivo.

Subí a la planta principal, cuidando de no emitir ningún sonido.

Frente al pequeño altar improvisado de mi hijo, me detuve.

Desatornillé con lentitud la base de madera de la urna de Joaquín utilizando unas pinzas quirúrgicas.

En el hueco secreto que separaba el doble fondo de terciopelo de las cenizas sagradas de mi pequeño, introduje la microtarjeta de memoria envuelta en plástico impermeable.

—Aquí está a salvo, mi amor —susurré con los ojos secos—. Nadie se atreverá a profanar tus restos. Ni siquiera ellos.

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