El heredero de la infamia

Pero esa noche, la cirujana metódica y meticulosa que una vez fui despertó de su letargo forzado.

Me levanté de la silla sin hacer crujir las tablas del suelo.

Caminé hacia el fondo del consultorio, donde una pequeña trampilla de madera daba acceso al sótano donde guardaba los sueros fisiológicos y el alcohol de noventa y seis grados.

Descendí los cuatro peldaños con cuidado, sosteniendo la carpeta médica bajo mi axila derecha y alumbrándome con la débil pantalla de un teléfono móvil prepago que conservaba para emergencias.

En el rincón más seco del sótano, detrás de una hilera de cajas de cartón con gasas estériles, había una caja metálica para guardar instrumental quirúrgico antiguo.

Abrí la tapa de zinc.

Dentro no solo estaba el historial de Camila.

Había un cuaderno de notas personales que mi difunto suegro, Julián Mendoza, me había entregado dos días antes del escándalo, en una reunión secreta que en su momento no supe interpretar.

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