El heredero de la infamia

Aparté la tela apenas dos milímetros.

Un vehículo utilitario de color gris oscuro estaba estacionado a cincuenta metros de distancia, con las luces apagadas.

El humo de un cigarrillo salía por la rendija de la ventanilla del conductor.

Camila no había perdido el tiempo.

No podía enviar a los guardaespaldas oficiales de la familia Mendoza porque Mateo comenzaría a hacer preguntas incómodas sobre su repentino interés en mi dispensario.

Había contratado a alguien por su cuenta. Un rastreador privado, o peor aún, un matón a sueldo encargado de hacer desaparecer el papel que amenazaba con desenmascarar el incesto y la falsedad sobre la que descansaba su pedestal.

Una calma extraña y aterradora se instaló en el fondo de mi estómago.

Durante una década había vivido como una muerta viviente, arrastrando la culpa ajena y el dolor de una tumba solitaria.

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