Estaba fría.
—Mamá está aquí, pequeño —murmuré contra la madera lustrosa—. No dejaré que te toquen de nuevo. Jamás.
Luego, tomé el expediente clínico entre mis dedos.
Las hojas estaban frágiles por el paso del tiempo y la humedad del mar, pero la tinta seguía intacta.
Lo abrí sobre la mesa de exploración metálica.
La primera página contenía la admisión de urgencia de una paciente registrada bajo un seudónimo evidente: “Clara Morales”.
Sin embargo, grapada en la esquina superior, figuraba la copia escaneada de la identificación real que la recepcionista de guardia había exigido por protocolo antes de ingresar al quirófano clandestino: Camila Mendoza.
Fecha del procedimiento: catorce de septiembre de hace diez años.
Diagnóstico: interrupción voluntaria de gestación de once semanas. Complicación por hemorragia intrauterina severa.
Y abajo, en la casilla de autorización del responsable legal y consentimiento informado de la pareja, descansaba una firma angulosa y reconocible.