PARTE 1
—Ya presenté la demanda de divorcio. Y no intentes pedirme nada, porque legalmente no tengo nada a mi nombre.
Valeria creyó que había escuchado mal.
Alejandro estaba frente al ventanal del departamento donde habían vivido cinco años, con la misma expresión fría que usaba con empleados cuando algo no salía como quería.
—¿De qué estás hablando?
—Se acabó. Tengo otra relación. Y un hijo de tres años.
Durante años, Alejandro le había repetido que el problema para tener hijos era de ella, aunque los médicos nunca encontraron nada. Él siempre se negó a hacerse estudios.
Ahora Valeria entendía por qué.
—Voy a casarme con la madre de mi hijo —continuó—. Estoy por entrar a la política y necesito una familia formal. Tú ya cumpliste tu función.
Aquella frase le dolió más que la infidelidad.
Valeria había crecido en una colonia humilde de Guadalajara, en una casa donde faltaba dinero y sobraba alcohol. Desde niña juró que jamás viviría como sus padres. Por eso, cuando conoció a Alejandro, hijo de empresarios, creyó haber encontrado la puerta de salida.
Se casaron, viajaron y ella dejó su empleo en una boutique porque él decía que “la esposa de un hombre como yo no tiene por qué andar vendiendo ropa”.
Desde afuera, su vida parecía perfecta.
Por dentro, llevaba años sintiéndose sola.
Alejandro pasaba días fuera, trataba con desprecio a quienes tenían menos y apenas conversaba con ella. Valeria empezaba a comprender que había confundido comodidad con felicidad.
Pero nunca imaginó esto.
—El departamento es de una sociedad de mi padre. La camioneta está a nombre de la empresa. Las cuentas importantes tampoco son tuyas —dijo Alejandro—. Te irás con lo que trajiste.
—Yo llegué contigo a los veintitrés años.
—Exacto. Agradece que viviste bien y no en el cuchitril de tus padres.
Valeria no lloró frente a él.
Dos semanas después dormía en un hostal cerca de la Central Nueva, con una maleta y dinero para sobrevivir quizá un mes. Sus padres habían muerto años antes en un incendio. No tenía hermanos, carrera ni amigos cercanos.
Buscó trabajo hasta encontrar un anuncio en un periódico abandonado sobre una banca: “Se solicita asistente de casa. Sueldo competitivo. Hospedaje incluido. Zona Zapopan”.
Gastó casi lo último en un taxi.
La residencia era enorme, blanca y rodeada de jardines. Teresa, la administradora, la entrevistó con amabilidad.
Valeria ya pensaba que tendría una oportunidad cuando una niña de unos ocho años bajó lentamente por la escalera.
Dos trenzas. Ojos enormes. Una cicatriz clara cruzándole el cuello.
Valeria dejó de respirar.
Conocía a esa niña.
Tres años antes, en un parque, la había arrancado de los brazos de un hombre que intentaba llevársela hacia una zona solitaria.
La niña la miró fijamente y sonrió.
Teresa se quedó inmóvil.
—Qué extraño… Camila no se acerca nunca a desconocidos.
Valeria extendió una mano temblorosa.
La niña la tomó.
—Ella no habla desde hace casi cuatro años —susurró Teresa—. Pero parece que acaba de decidir que usted se queda.
Valeria todavía no sabía que aquella niña guardaba el secreto que iba a destruir a una familia entera.
PARTE 2
Valeria fue contratada esa misma tarde.
La casa pertenecía a Rodrigo Salgado, un empresario de Guadalajara que casi siempre estaba trabajando o viajando. Teresa coordinaba al personal, una cocinera se ocupaba de los alimentos y dos asistentes más compartían las tareas de limpieza. A Valeria le asignaron varias habitaciones del segundo piso y el despacho de Rodrigo.
Pero lo que terminó uniéndola a aquella casa no fue el sueldo.
Fue Camila.
La niña la buscaba desde que despertaba. Se sentaba cerca mientras Valeria ordenaba, le mostraba dibujos, le escribía frases en una libreta y a veces soltaba pequeñas risas que sorprendían a todos.
Poco a poco Teresa le contó su historia.
Camila había nacido con un problema serio en la garganta y había sido operada cuando era muy pequeña. La cicatriz era consecuencia de aquella cirugía. Su madre, Renata, nunca aceptó bien la enfermedad de la niña y terminó abandonando el matrimonio cuando Camila tenía cuatro años.
Poco después, la pequeña dejó de hablar.
También existía otro problema: Esteban, hermano de Renata, padecía un trastorno psiquiátrico grave acompañado de delirios. Durante una recaída comenzó a creer que la cicatriz de Camila era una “marca” y que la niña representaba un peligro. Ya había intentado atacarla una vez. Después recibió atención en una institución cerrada, pero tres años antes había escapado durante un traslado.