A la mañana siguiente, Don Aurelio despertó en el pequeño cuarto de Teresa.
Había dormido en un colchón delgado, con una cobija que olía a jabón de barra. Afuera se escuchaban los camiones, los vendedores ambulantes y el ruido de los vecinos comenzando el día.
Teresa ya estaba de pie, preparando café.
—Buenos días, papá. Te hice unos huevitos con frijoles. No es mucho, pero está calientito.
Don Aurelio la miró en silencio.
En su pueblo había tenido una casa grande, tierras y animales. Sin embargo, aquella mañana, sentado en una silla de plástico junto a su hija menor, se sintió más rico que nunca.
Porque ella le había abierto la puerta cuando creyó que no tenía nada.
—Gracias, hija —murmuró, conteniendo las lágrimas.
Teresa sonrió sin sospechar que su padre guardaba un secreto capaz de cambiar la vida de los cuatro.