El heredero de la infamia

Su tono de voz conservaba esa autoridad indiscutible que jamás admitía réplica ni fisuras.

Camila parpadeó con rapidez, tragando saliva con una dificultad casi audible.

Sus uñas, perfectamente esmaltadas en un tono rosa pálido, se clavaron con fuerza en la correa de cuero de su bolso de diseñador.

—Ese lugar… huele a humedad y a enfermedad, Mateo —susurró ella, forzando un temblor lastimero en las cuerdas vocales—. Me falta el aire. Me marea el olor a desinfectante barato.

Era una actriz consumada; siempre lo había sido.

En cuestión de segundos, la máscara de pánico absoluto fue sepultada bajo una capa de fragilidad ensayada.

Mateo aflojó ligeramente la presión sobre mi brazo, desviando su atención hacia ella con esa ternura devota que siempre me había resultado repugnante.

—Te dije que esperaras dentro del auto —la reprendió suavemente, con la condescendencia de un tutor ciego—. Tu salud nunca ha sido fuerte.

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