El heredero de la infamia

Doña Elena se acercó a la silla de ruedas de Camila.

La joven secretaria intentó cubrirse con la mantilla bordada, pero la matriarca, con una furia fría y metódica, estiró el brazo y le arrancó la tela fina con las iniciales de la familia Garza.

La tela cayó al suelo con la levedad de una pluma.

—Recoge tus trapos y lárgate de este edificio —dijo la anciana en un susurro gélido que silenció el llanto de la criatura—. Si vuelves a pisar una propiedad de mi familia, o si te atreves a presentar un acta de nacimiento con el apellido Garza en cualquier registro civil de esta república, me aseguraré de que termines tus días en el penal del Topo Chico por extorsión y falsificación de estado civil.

Camila no respondió.

Las lágrimas de rímel negro le manchaban las mejillas pálidas.

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