Vincent contó en silencio.
Un minuto.
Dos.
Tres.
La pequeña mano de Sophie seguía aferrada a su camisa como si temiera que al soltarlo todo volviera a romperse.
Durante años, Vincent Rowan había sido un hombre que sabía exactamente cuánto valía cada segundo.
Un segundo podía cambiar una negociación.
Un segundo podía salvar una empresa.
Un segundo podía destruir a un enemigo.
Pero nunca había imaginado que cinco minutos abrazando a una niña de siete años podían ser más importantes que todos los contratos que había firmado en su vida.
Cuando llegó al quinto minuto, Sophie no se apartó.
—Ya pasó el tiempo —susurró ella.
Vincent bajó la mirada.
—Sí.
—Entonces debería soltarme.
—Podrías.
Sophie levantó la cabeza confundida.
—¿Podría?
Vincent asintió.
—Pero no tienes que hacerlo todavía.
La niña lo observó durante varios segundos.
Luego volvió a apoyar la cabeza contra su pecho.
Y algo dentro de Vincent que llevaba décadas congelado comenzó lentamente a descongelarse.
La puerta de la biblioteca se abrió unos minutos después.
Mara Ellis apareció con el rostro pálido.
—Sophie.
La niña se giró inmediatamente.
—Mamá.
Mara caminó hacia ellos con una mezcla de alivio y vergüenza.
—Lo siento mucho, señor Rowan. No sé cómo llegó hasta aquí. Estaba hablando con el personal de la cocina y cuando me di cuenta…
—No hizo nada malo —interrumpió Vincent.
Mara se quedó sorprendida.
Porque Vincent Rowan no era conocido por tranquilizar a nadie.
—Pero ella entró a su biblioteca privada.
Vincent miró a Sophie.
—Y rompió la regla más importante de esta casa.
Mara bajó la mirada.
—Lo siento.
—La regla era que nadie podía entrar sin permiso.
Sophie parecía preparada para recibir una reprimenda.
Pero Vincent continuó:
—Creo que debería cambiarla.
Mara levantó la mirada.
—¿Cambiarla?
—Sí.
Vincent miró la enorme biblioteca que durante años había sido un lugar donde nadie podía entrar.
Un lugar lleno de libros, documentos y recuerdos que él nunca compartía.
—Quizás una habitación donde alguien necesite ayuda no debería estar cerrada.
Mara no respondió.
Porque entendió que aquello no era realmente sobre una puerta.
Era sobre Vincent.
El hombre que todos conocían como frío, peligroso e imposible de alcanzar acababa de permitir que una niña viera una parte de él que nadie había visto.
Al día siguiente, Vincent recibió una llamada inesperada.
Era su abogado.
—Tenemos un problema.