El heredero de la infamia

Sebastián bajó la cabeza por un instante, tragando saliva con evidente incomodidad, pero de inmediato colocó su mano sobre el hombro de Camila en una demostración pública de respaldo conyugal frente a su madre y los notarios.

—Es mi hijo, Mariana —dijo Sebastián con un hilo de voz que intentaba sonar solemne y desafiante—. Y ningún tribunal suizo ni ninguna maniobra financiera le quitará su derecho a heredar lo que construimos.

Permanecí en silencio durante cinco segundos interminables.

Acaricié el borde dorado de una carpeta sellada que reposaba frente a mí.

—La sangre no miente, doña Elena. En eso tiene usted toda la razón del mundo.

Hice una seña a mi abogado suizo, el doctor Hoffman, quien presionó una tecla en su teclado inalámbrico.

En la pantalla principal de la sala de juntas de Monterrey, la vista documental de las patentes se desvaneció.

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