La matriarca extendió su mano enjoyada hacia la manta del recién nacido que descansaba en el regazo de Camila.
—Aquí está el futuro de los Garza. La sangre no miente. Sebastián cometió una falta menor al buscar fuera del matrimonio lo que tu vientre árido fue incapaz de brindarle durante siete años. Pero la Iglesia y la tradición perdonan al hombre que asegura su descendencia.
Camila, al escuchar las palabras de su protectora, irguió la espalda con un orgullo renovado.
Apretó al bebé contra su pecho y miró a la pantalla con fingida timidez de doncella devota.
—Licenciada Mariana… yo sé que usted siente rencor hacia mí —sollozó Camila, forzando dos lágrimas que resbalaron por sus pómulos pálidos—. Pero el niño no tiene la culpa de nuestro amor. Sebastián solo quería cumplir el mandato de su padre antes de morir. Un hijo varón que lleve su nombre.