No era rabia.
Era una sensación arrolladora de poder y redención.
Sebastián había destruido nuestro matrimonio, había traicionado la confianza de la única socia que jamás le falló, había montado un ejército de quince guardias en una clínica privada para humillarme y cerrarme el paso…
Todo para custodiar a un recién nacido que ni siquiera llevaba una gota de su sangre.
Camila no solo lo había seducido; lo había estafado con la misma frialdad con la que él pretendía despojarme a mí.
Había utilizado a un amante anónimo o a un donante clínico para garantizarse un cheque en blanco vitalicio a costa de la vanidad desmedida del gran magnate de Grupo Innova.
Miré a través de la ventanilla hacia la inmensidad de las nubes iluminadas por el reflejo de la luna llena.
En Monterrey, el caos apenas comenzaba.