Caminé hacia las rejas de salida sin volver la vista atrás ni una sola vez.
A mis espaldas, el llanto desesperado de Mateo Mendoza se apagó gradualmente, sepultado bajo el peso de su propia ruina moral.
Tomé el camino hacia la terminal de autobuses del sur.
Regresaría a mi pequeño pueblo costero, al modesto dispensario de madera frente al océano bravío.
Limpiaría el lodo de las baldosas agrietadas con agua salada y flores silvestres de la serranía.
Esparciría las cenizas de mi pequeño Joaquín sobre las olas del mar abierto, donde ningún Mendoza con sus fortunas ensangrentadas podría volver a tocarlas jamás.
Ya no era la prestigiada cirujana de la capital ni la esposa trofeo de un consorcio multimillonario.
Era simplemente Valeria.
Una mujer entera que había atravesado el fuego del infierno sin perder la dignidad, dejando a sus verdugos ardiendo para siempre en las cenizas de su propia mentira.