La herencia de los once millones: el secreto que mi cuñada jamás debió revelar
La sangre se me heló en las venas.
No porque tuviera miedo de Claudia.
Sino porque acababa de comprender que los hematomas de mi padre eran apenas la superficie de algo mucho más oscuro.
—Navarro —dije sin apartar los ojos de ella—, necesito que solicite asistencia médica inmediata para mi padre. Que nadie lo toque sin documentar primero sus lesiones. Y que se conserven las grabaciones de todas las cámaras de esta comisaría.
El agente se levantó.
—Sí, inspectora.
Claudia soltó una carcajada nerviosa.
—¡Esto es ridículo! ¡No puedes llegar aquí y dar órdenes solo porque llevas una placa! Tu padre es un hombre peligroso. ¡Me atacó en su propia casa!
Me incorporé lentamente.
—¿En su propia casa?
—¡Sí!
—Entonces explícame por qué llamaste al 112 desde una gasolinera a casi cuatro kilómetros de allí.