El heredero de la infamia

Di dos pasos hacia el pie de la escalera y levanté mi brazo derecho con la ayuda de mi mano izquierda, exhibiendo la extremidad inerte ante toda la familia reunida.

La manga cayó hacia atrás, dejando al descubierto la espantosa cicatriz queloide y los huesos mal soldados que deformaban mi antebrazo.

—¡Miren esto! —exigí, barriendo a todos los presentes con una mirada ardiente—. ¡Años de estudio, de guardias sin dormir en el hospital de los pobres, de manos salvando vidas campesinas! ¡Y tú, Mateo, me aplastaste los tendones contra el marco de una puerta de hierro mientras me llamabas monstruo desalmado!

Mateo cayó de rodillas sobre la alfombra persa, tapándose el rostro con ambas manos.

Los sollozos que salían de su pecho eran desgarradores, violentos, como si sus propios órganos internos se estuvieran desgarrando bajo el peso de su culpa monstruosa.

—¡Perdón… Dios mío, perdón! —gritaba él, golpeándose la frente contra el mármol pulido a mis pies—. ¡Valeria… por piedad… no lo sabía! ¡Te juro por mi vida que no lo sabía!

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *