PARTE 2 — La verdad que mis padres habían escondido
Esa noche fingí no saber nada.
Sonreí durante la cena, felicité a Mónica por su vestido nuevo y hasta le pregunté a doña Estela de dónde había sacado aquel anillo rojo que llevaba en la mano.
—¿Este? —respondió orgullosa—. Me lo regaló mi hija. Dice que una merece darse sus gustos después de tantos años de sacrificios.
Miré a mi madre.
Bajó los ojos.
No dije nada.
Después de cenar, anuncié que estaba cansada y me fui a la habitación que habían preparado para mí. Cerré la puerta y esperé.
A las once de la noche escuché pasos.
Primero fue Mónica.
Después Federico.
Y finalmente doña Estela.
Se reunieron en la sala y comenzaron a hablar en voz baja.
Encendí la grabadora del teléfono.
—Tenemos que hacer que Valentina se vaya mañana —dijo Mónica.
Mi corazón se aceleró.
—No sospecha nada —respondió Federico.
—¿Y si pregunta por sus padres? —preguntó doña Estela.
Hubo un silencio.
Entonces Mónica soltó una risita.
—Le diremos lo de siempre: que están enfermos y que nosotros nos estamos haciendo cargo de ellos.
Apreté los puños.
Pero lo siguiente me dejó completamente helada.
—Además —dijo Federico—, el terreno ya está vendido.