Vi cómo sus hombros se desplomaban.
Vi cómo la soberbia de una dinastía entera se desmoronaba en sus pupilas dilatadas.
En ese instante preciso, un gemido ronco y ahogado descendió desde lo alto de la escalera señorial.
Todos levantamos la vista.
En el descanso del primer piso, sostenido por una enfermera privada que temblaba de miedo, apareció la figura cadavérica de Julián Mendoza.
Llevaba un camisón de lino blanco, deshilachado en los bordes.
Su cuerpo, consumido por la fase terminal del Parkinson y la metástasis hepática, apenas era un esqueleto cubierto de piel amarillenta y manchada por la muerte inminente.
Sus ojos hundidos estaban fijos en mí.
Con una lentitud agónica, el patriarca bajó un peldaño con los pies descalzos y amoratados.
—Valeria… —graznó el anciano, con una voz que parecía el raspado de dos piedras secas—. Valeria… perdónanos…