Un grito de espanto brotó de la garganta de una de las tías ancianas, que se santiguó apresuradamente con el rosario entre los dedos.
—¡Cállate! ¡Cállate la boca! —aulló Camila, perdiendo por completo la compostura y arrojándose hacia la mesa para intentar arrebatar el libro.
Antes de que pudiera tocarlo, extendí mi brazo izquierdo y la tomé con fuerza por la muñeca, apretándole los tendones con la precisión anatómica de una cirujana.
Camila soltó un gemido de dolor, cayendo de rodillas sobre la alfombra a mis pies.
—Mírala, Mateo —le ordené a mi exmarido, obligando a Camila a levantar el rostro bañado en lágrimas de rabia y terror—. Mírale los ojos a tu hermanita pura. ¿Por qué crees que huyó a Europa durante diez años? No huía de mi supuesto odio. Huía de ti, porque temía que un día descubrieras que el hijo que abortó en secreto llevaba la sangre de tu propio padre.