—¡Sáquenla de aquí ahora mismo! —chilló Camila, con un hilo de histeria pura asomando tras su máscara angelical—. ¡Está loca! ¡Mírenla! ¡Vino a perturbar los últimos momentos de papá!
Dos hombres del equipo de seguridad privada de la casa avanzaron desde el arco del comedor, pero levanté mi mano izquierda, sosteniendo en alto el frasco de vidrio para biopsias.
A través del cristal grueso, las cenizas grisáceas de mi hijo lucían densas, revueltas con fragmentos diminutos de polvo y astillas de madera.
—Si un solo empleado de esta casa da un paso más hacia mí —declaré con una calma aterradora—, derramaré los restos profanados de tu primogénito sobre esta alfombra bendecida, Mateo. Y todo México sabrá antes del anochecer que tus hombres pisotearon la memoria de tu propia sangre.
Mateo se quedó clavado en el sitio.
Sus ojos viajaron del frasco transparente a mi manga derecha, que colgaba flácida a un costado de mi cuerpo.