El heredero de la infamia

PART 3:

El tren nocturno hacia la capital se deslizó entre las sombras de los cerros como una serpiente de acero oxidado.

El vapor húmedo del amanecer empañaba los cristales del vagón de segunda clase.

Con la mano izquierda, sostuve el frasco de vidrio para biopsias que descansaba en el fondo de mi bolsillo.

A través del paño de lino, podía sentir la masa pesada y fría de las cenizas humedecidas de Joaquín.

A las siete de la mañana, las campanas de la Catedral Metropolitana repicaban a lo lejos, un tañido fúnebre y monótono que se perdía entre el estruendo del tráfico matutino.

La residencia geriátrica “San Gabriel” se alzaba en una ladera señorial de Coyoacán, protegida tras muros altos cubiertos de enredaderas marchitas y portones de herrería colonial.

Pagué al taxista con las últimas monedas que me quedaban y crucé la vereda sin titubear.

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