Dejé que esa marca de guerra permaneciera allí, invisible bajo la sombra de la capucha de mi abrigo.
La cirujana Valeria Mendoza, la mujer rota que esperaba la muerte en la costa, había dejado de existir sobre ese charco de alcohol derramado.
A las tres de la mañana, salí del dispensario dejando la puerta abierta de par en par al viento del océano.
Caminé hacia la carretera comarcal en dirección a la terminal de trenes que conducía a la capital.
Cada paso sobre la gravilla reseca resonaba como un juramento silencioso.
Mateo quería que su familia estuviera reunida bajo el mismo techo antes de que su padre muriera.
Le concedería exactamente su deseo.
Estaría presente en esa mansión.
Pero no como la esposa arrepentida que él esperaba arrastrar de nuevo a su jaula dorada.
Sino como el fantasma inexorable que abriría de par en par las puertas del infierno para que toda la dinastía Mendoza ardiera junta en su propio fuego.