Los tres cerrojos volvieron a chirriar a mis espaldas con un chasquido metálico.
El aire de la noche en el Callejón de las Ánimas era gélido y olía a tormenta inminente.
Caminé apresuradamente hacia la avenida principal para tomar el último autobús de regreso a mi pueblo.
El trayecto nocturno transcurrió en una oscuridad casi total, rota únicamente por los faros amarillentos del vehículo cortando la niebla salina de la carretera.
Llegué a mi pueblo pasadas las diez de la noche.
Las calles de tierra estaban completamente desiertas.
El viento arrastraba ramas secas y bolsas de plástico contra las vallas de madera de las viviendas de los pescadores.
Aceleré el paso al doblar la esquina que conducía hacia el dispensario.
De pronto, un presentimiento helado me paralizó los pies sobre la gravilla.
A cincuenta metros de distancia, la puerta principal de mi consultorio estaba entreabierta.