El heredero de la infamia

El sudor caía por la frente del anciano, empapando el cuello de su bata sucia.

Cuando terminó de estampar su firma y su número de colegiado médico al pie de la segunda página, arrojó el bolígrafo sobre la mesa como si le quemara la piel.

—Tómalo y lárgate —dijo con la respiración entrecortada, sepultando el rostro entre sus manos—. Y que Dios se apiade de tu alma, Valeria. Porque Mateo Mendoza no tendrá piedad cuando descubra que pretendes destruir la memoria del padre al que idolatra.

Doblé cuidadosamente las dos hojas de papel con mi mano izquierda y las guardé en el bolsillo interior de mi abrigo, junto a mi pecho.

—Mateo nunca tuvo piedad, Salvador —respondí con una frialdad absoluta—. Solo le devolveré el reflejo exacto del monstruo que construyó en el espejo.

Salí de la casa sin mirar atrás.

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