“SOLO LE PIDO ESE PAQUETE DE PAÑALES Y EL ALCOHOL”, ME DIJO EL JOVEN DE LA CICATRIZ MIENTRAS SOSTENÍA UNA ESCOBA. YO YA TENÍA EL TELÉFONO EN LA MANO PARA LLAMAR A LA POLICÍA.

“SOLO LE PIDO ESE PAQUETE DE PAÑALES Y EL ALCOHOL”, ME DIJO EL JOVEN DE LA CICATRIZ MIENTRAS SOSTENÍA UNA ESCOBA. YO YA TENÍA EL TELÉFONO EN LA MANO PARA LLAMAR A LA POLICÍA.

Me llamo Rosa Elena, tengo 65 años y llevo más de una década atendiendo sola el pequeño minisúper que levanté después de quedar viuda.

Trabajar tantos años detrás de un mostrador te vuelve desconfiada.

Aprendes a observar.

A sospechar.

A protegerte.

Por eso, cuando aquel muchacho apareció en la puerta de mi negocio a las nueve de la noche, mi primer impulso fue prepararme para lo peor.

No debía tener más de veinte años.

Llevaba una chamarra gastada.

Los zapatos rotos.

Y una cicatriz gruesa que le cruzaba la ceja.

Tenía el aspecto exacto de la clase de persona que hace que una mujer sola apriete el botón de pánico sin pensarlo dos veces.

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