—Licenciada Mariana, aquí están las autorizaciones de compra de reactivos para el laboratorio tres —dijo una tarde, inclinándose sobre mi escritorio de nogal.
Su mano izquierda, deliberadamente colocada sobre el borde del escritorio, lucía una pulsera de oro blanco con incrustaciones de zafiros.
Un diseño exclusivo de una joyería de Polanco.
Yo conocía esa joya a la perfección.
Había visto la factura original en el correo de facturación general de Sebastián un mes atrás, catalogada como «gastos de representación protocolaria».
Tragué saliva lentamente, sintiendo el ardor de la hiel en la garganta.
—Gracias, Camila —dije, firmando el documento sin levantar la mirada del papel—. ¿Cómo va ese embarazo? Te ves un poco fatigada últimamente.
Camila sonrió con una suficiencia que rozaba el descaro.
Acarició suavemente su vientre prominente frente a mí.
—Un poco pesada, licenciada, la verdad. Pero el papá me consiente demasiado. Dice que lo único que importa es que el varón nazca fuerte y sin contratiempos de salud.