No estoy orgullosa de que Mateo y Emiliano trabajaran de noche.
No estoy orgullosa de las mentiras.
Ni de los riesgos.
Ni de las quemaduras.
Pero sí estoy orgullosa de que, en un mundo donde tantas personas miran hacia otro lado cuando alguien necesita ayuda, aquellos dos muchachos se preocuparan tanto el uno por el otro.
Ahora quiero enseñarles algo que debieron haber aprendido de nosotros desde el principio.
Que no necesitan resolver solos los problemas de los adultos.
Que pueden pedir ayuda sin avergonzarse.
Que una amistad verdadera no exige ponerse en peligro.
Y que nadie debería sentirse menos valioso por atravesar dificultades económicas.
A veces, cuando veo a Mateo y Emiliano sentados en nuestra mesa, recuerdo a los niños de cuatro años que corrían por el patio persiguiendo una pelota.