Era Teresa.
Contesté con normalidad.
—Buenos días, Tere. ¿Cómo estás?
Pero su voz sonaba extraña.
—Vero, necesito preguntarte algo.
—Dime.
—¿A qué hora va a regresar Emiliano?
Fruncí el ceño.
—¿Regresar de dónde?
—De tu casa.
Me quedé inmóvil.
—Teresa, Mateo está contigo desde ayer.
Hubo un silencio.
Pensé que no me había escuchado.
—¿Tere?
Entonces respondió:
—Verónica, Emiliano no ha dormido en mi casa los últimos fines de semana.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Cómo que no?
—Me dice que está con Mateo.
—Y Mateo me dice que está contigo.
Ninguna habló durante varios segundos.
Después Teresa preguntó:
—¿Desde cuándo?
Miré el calendario que tenía pegado junto al refrigerador.
Comenzamos a contar.
Un fin de semana.
Dos.
Tres.
Seguimos retrocediendo.
Cuando llegamos al octavo, dejamos de hablar.
Ocho fines de semana.
Dos meses completos.