**El relojero de los segundos robados**
Elias Thorne no solo reparaba relojes; los escuchaba.
Para los habitantes de Oakhaven, su tienda era un laberinto polvoriento de péndulos de latón, relojes de cuco y relojes de bolsillo. Pero para Elias, cada tic era un latido, y cada engranaje roto era una herida. Podía escuchar la impaciencia en un reloj de pulsera apresurado, el duelo en un reloj de repisa detenido y la soledad en un reloj de pie que marcaba la hora en un salón vacío.
Pero nunca había escuchado un reloj hacer tic-tac hacia atrás. Hasta el martes lluvioso en que entró el hombre del abrigo color carbón.
La campanilla de la puerta no tintineó; emitió un golpe sordo y apagado. El extraño sacudió la lluvia de su paraguas y se acercó al mostrador. No habló. Simplemente metió la mano en su abrigo y colocó un reloj de bolsillo sobre el cristal del mostrador.
*Tic. Tic. Tic.*
El sonido estaba mal. Era un sonido pesado y húmedo, como un corazón luchando contra una caja torácica cerrada. Elias miró hacia abajo. El reloj no tenía esfera, solo una caja de obsidiana pulida. Y a través del cristal, los engranajes giraban en sentido contrario a las agujas del reloj.
—Está atascado —dijo el extraño. Su voz sonaba como hojas secas arrastrándose sobre el pavimento—. En el exacto momento en que ella cruzó la puerta. Arréglalo, relojero. Dale cuerda hacia adelante, y te devolveré el recuerdo.
El aliento de Elias se entrecortó. Conocía ese reloj. Él mismo lo había hecho treinta años atrás para su esposa, Clara. Había grabado una pequeña luna creciente en la parte posterior. Pero Clara no había simplemente cruzado la puerta; se había desvanecido en la niebla matutina sin dejar rastro, dejando solo el reloj sobre la mesa de la cocina.
—¿Quién eres? —susurró Elias, con las manos temblorosas mientras alcanzaba su lupa de joyero.