Prometía compensarlo cuando su situación mejorara.
Mateo leyó aquella tarjeta.
Y no dijo nada.
La guardó.
Tres semanas después, Emiliano le mostró la carta de cobro que había encontrado en su casa.
Entonces mi hijo comprendió lo que estaba pasando.
Y también recordó cómo había reaccionado yo durante la fiesta.
Por eso no vino a pedirme ayuda.
No porque creyera que yo fuera una mala persona.
Sino porque sabía exactamente cómo intentaría resolverlo.
Iría a casa de Teresa.
Llevaría comida.
Ofrecería dinero.
Haría preguntas.
Y probablemente obligaría a su mejor amigo a presenciar una conversación que lo llenaría de vergüenza.
Mateo había pensado en todo eso.
A los dieciséis años.
Y había decidido que prefería trabajar de noche antes que poner a Emiliano en aquella situación.