DURANTE OCHO FINES DE SEMANA, MI HIJO DE 16 AÑOS ME DIJO QUE DORMÍA EN CASA DE SU MEJOR AMIGO. A LAS 4:37 DE LA MADRUGADA REGRESÓ CON LOS BRAZOS LLENOS DE QUEMADURAS. CUANDO DESCUBRÍ LO QUE HABÍA ESTADO HACIENDO, NO PUDE DEJAR DE LLORAR.

Les pagaba en efectivo.

No les pidió documentación.

No verificó su edad.

Y tampoco les proporcionó la capacitación ni las medidas de protección que correspondían.

Los muchachos llegaban cerca de las diez de la noche.

Cargaban charolas.

Acomodaban productos.

Limpiaban superficies.

Y ayudaban a retirar bandejas de los hornos.

Terminaban alrededor de las seis de la mañana.

Los viernes y sábados.

Dos noches por semana.

Durante ocho fines de semana.

Dieciséis turnos.

Y ambos tenían solamente dieciséis años.

Mateo me contó todo de pie en el pasillo.

Le pedí que se sentara.

No quiso.

Se lo repetí.

Negó con la cabeza.

Finalmente dejé de insistir.

Meses después comprendí por qué.

Mi hijo se había acostumbrado a permanecer de pie durante jornadas agotadoras.

Había aprendido a resistir el sueño y el cansancio sin detenerse.

Y probablemente sabía que, si se sentaba después de trabajar toda la noche, le resultaría casi imposible levantarse.

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