Hasta que un domingo de octubre Patricia me observó durante la comida.
Ella llevaba más de veinticinco años casada con Daniel.
Nunca había sido una mujer entrometida.
Por eso me sorprendió cuando se acercó y preguntó:
—Elena, ¿puedo decirle algo?
—Claro, hija.
Miró mi abdomen.
No intentó disimularlo.
—¿Ya consultó a un médico por eso?
Solté una pequeña carcajada.
—Ay, Patricia. A los ochenta años todo cambia de lugar.
Pero ella no se rio.
—Se lo pregunto en serio.
—No me duele tanto.
—No tiene que esperar a que le duela.
Me tomó una mano.
—Por favor, vaya a revisarse.
Le prometí que lo haría.
Pero pasaron los días.
Y no fui.
Tres noches después desperté cerca de las dos de la madrugada.
Sentía una presión extraña en el abdomen.
Me acomodé sobre el costado derecho.
Entonces ocurrió algo que todavía puedo recordar con absoluta claridad.