Y cuando finalmente vio el expediente en el hospital, comprendió que quizá había interpretado todo de manera equivocada.
La primera vez que hablamos de aquello terminamos discutiendo.
Yo estaba recién operada.
Me sentía débil.
Tenía miedo.
Y no podía comprender por qué había guardado silencio durante tanto tiempo.
—¡Debiste decírmelo! —le reclamé.
Daniel bajó la cabeza.
—Pensé que te haría daño.
—¿Y no crees que esto me hizo daño?
—Mamá, yo no sabía qué pensar.
Dije algunas cosas de las que después me arrepentí.
Él también.
La conversación terminó mal.
Pasaron semanas antes de que pudiéramos hablar nuevamente con tranquilidad.