Estuvimos casados cincuenta años y dos meses.
Todavía recuerdo la fecha exacta porque él nunca olvidó nuestro aniversario.
Arturo trabajó durante cuatro décadas en una compañía de seguros.
Era un hombre metódico.
Guardaba recibos.
Revisaba contratos.
Comparaba precios antes de comprar cualquier cosa.
Si se descomponía una llave del lavabo, primero leía tres manuales y después intentaba repararla.
Si alguien le hablaba de una inversión, sacaba una libreta y comenzaba a hacer cuentas.
Nunca fue particularmente romántico con las palabras.
Pero sabía cuidar a las personas de una manera silenciosa.
Cuando murió, mis hijos quisieron que vendiera la casa.
Decían que era demasiado grande.
Que las escaleras podían volverse peligrosas.
Que estaría mejor viviendo cerca de alguno de ellos.
Me negué.
Había pasado más de cuarenta años en aquella casa.
Conocía cada rincón.