—Lucía…
Ella permaneció inmóvil.
—¿Qué haces aquí, Alejandro?
—Necesito pedirte perdón.
Lucía lo miró sin responder.
—Sé que treinta años no pueden recuperarse. Sé que destruí nuestra familia.
Alejandro comenzó a llorar.
—Eran mis hijos. Siempre fueron mis hijos.
Lucía sintió que las lágrimas le ardían en los ojos.
Había esperado aquellas palabras durante tanto tiempo que, cuando finalmente llegaron, ya no sabía qué hacer con ellas.
—¿Sabes cuántas veces tuve que elegir entre comprar leche o pagar la luz? —preguntó.
Alejandro bajó la cabeza.
—No.
—¿Sabes cuántas noches Mateo tuvo fiebre y yo caminé kilómetros para conseguir ayuda?
—No…
—¿Sabes cuántas veces Samuel preguntó si su papá vendría a verlo en su cumpleaños?
Alejandro comenzó a sollozar.
—Perdóname…
Lucía negó lentamente.
—Yo puedo intentar perdonar lo que me hiciste a mí. Pero no puedo perdonar en nombre de nuestros hijos.