Me quedé dentro del coche durante casi veinte minutos, con la frente apoyada contra el volante y las manos temblando.
Me llamo Christopher Hayes. Tengo treinta y seis años, dos hijas pequeñas y una hipoteca que apenas consigo pagar cada mes. Hasta aquella mañana, creía que perder mi trabajo era lo peor que podía sucederme.
No sabía cuánto me equivocaba.
Cuando finalmente conseguí respirar con normalidad, miré el teléfono. Tenía tres llamadas perdidas de mi esposa, Emily, y un mensaje suyo preguntándome si había llegado bien a la oficina.
No sabía cómo explicarle que ya no tenía oficina.
Escribí unas palabras, las borré y volví a intentarlo.
«Me han despedido. Te lo explicaré cuando llegue a casa».
Su respuesta apareció casi inmediatamente.
«¿Qué? ¿Por qué? Christopher, ¿estás bien?».
No contesté. Todavía no podía soportar la idea de escuchar preocupación en su voz y tener que admitir que no sabía cómo íbamos a pagar las facturas del mes siguiente.