—¿De verdad vas a subir vestida así? —se rio Mauricio mientras me jalaba de la manga frente a varios marinos—. Sandra, no conviertas mi barco en tu desfile de disfraces.
Nadie se rio.
Y eso debió advertirle que algo estaba muy mal.
Durante treinta años, mi padre había tratado a Mauricio como el gran orgullo militar de la familia.
Cuando él ingresó a la Armada de México, mi papá organizó una comida en Guadalajara para casi cuarenta familiares.
Cuando yo recibí mi primer ascenso, apenas dijo:
—Qué bueno, hija.
Con Mauricio presumía fotografías.
Conmigo cambiaba de tema.
Incluso cuando mi carrera siguió avanzando, mi padre encontraba la manera de minimizarla.
—Tu hermano sí sabe lo que es estar con la gente de verdad —decía—. Tú trabajas más con altos mandos y papeles.
Dejé de explicarle lo que hacía.
También dejé de corregirlo.