Con Ernesto volví a sentir algo que creía perdido.
No era exactamente la emoción de cuando tenía veinte años.
Era una tranquilidad distinta.
La sensación de que alguien estaba contento simplemente por compartir una tarde conmigo.
Pero había algo extraño.
Ernesto nunca me invitaba a su casa.
Al principio no le di importancia.
Me había contado que vivía en una propiedad a las afueras de Santiago, Nuevo León.
Decía que era una casa antigua.
Que necesitaba reparaciones.
Y que todavía no estaba preparada para recibir visitas.
—Deme hasta Navidad, Mercedes —me pedía—. Entonces podrá conocerla.
Yo me reía.
—¿Qué tiene ahí, un castillo en ruinas?
—Algo parecido.
Después comencé a notar detalles.
A veces llegaba con aserrín en los pantalones.
O con pintura debajo de las uñas.
Una tarde tenía un pequeño corte en el pulgar.