Una tarde le conté que la lámpara de mi entrada llevaba semanas fallando.
Al día siguiente apareció con una caja de herramientas.
Revisó la instalación.
Cambió una conexión.
Y la luz volvió a funcionar.
Quise pagarle.
Se negó.
—Mejor invíteme un café.
Lo invité a cenar.
Llegó con una tarta de manzana comprada en una panadería.
Pasó toda la cena disculpándose porque no la había preparado él.
Me hizo reír.
Fue la primera vez en mucho tiempo que me reí sin sentirme culpable.
Poco a poco, los domingos se convirtieron en nuestra costumbre.
Ernesto llegaba alrededor de las seis.
Yo preparaba carne guisada, arroz o caldo.
Cenábamos.
Veíamos las noticias.
Después él lavaba los platos y yo los secaba.
Nunca intentó sentarse en el sillón de Ricardo.
Ni siquiera se acercaba demasiado.
Parecía comprender que algunas cosas necesitaban tiempo.