Sabía lo que aquella rampa significaba.
Y había pasado meses acusando al hombre que la construyó de querer robarme.
Mi hijo bajó la cabeza.
—Mamá…
No respondí.
—¿Cuánto dinero fue?
Lo miré.
—Noventa y un mil doscientos dólares.
Cerró los ojos.
—Voy a devolvértelo.
Respiré profundamente.
—Eso espero, hijo.
—Te lo prometo.
—No quiero promesas. Quiero que empieces a hacerte responsable.
Mi voz tembló.
—Y quiero que entiendas que nunca más vas a administrar mis cuentas.
Julián asintió lentamente.
—Ya cambié todo —continué—. Mis contraseñas. Mis datos. Mis accesos.
Me miró.
—Lo sé.
—El dinero que devuelvas tendrá que salir de una cuenta a tu nombre. Y vamos a dejarlo por escrito.
Volvió a asentir.
En ese momento llegó otro automóvil.
Era Laura.
Su esposa.
Carolina la había llamado.
Bajó con los ojos llenos de lágrimas.
Miró a Julián.