Julián levantó la mirada.
—También le decía que estaba dispuesto a firmar cualquier documento que protegiera legalmente los bienes de Mercedes.
Mi hijo parecía confundido.
Ernesto señaló la rampa.
—Y le pedí que me ayudara a construir esto.
Julián miró hacia la madera.
—¿Qué?
—Pensé que le gustaría participar. Es su madre.
El silencio se volvió insoportable.
Uno de los antiguos trabajadores de Ernesto se acercó.
Se llamaba Rogelio.
Había sido encargado de cuadrillas durante muchos años.
—Don Ernesto también nos pidió ayuda a nosotros —dijo—. Todos queríamos venir a construirla.
Sonrió con tristeza.
—Pero insistió en hacer la mayor parte él mismo.
Julián observó los pasamanos.
La inclinación.
La altura.
Las luces.
Por primera vez pareció comprender lo que estaba mirando.
Recordó, seguramente, los años en que mi madre utilizó una silla de ruedas.
Sabía cuánto me preocupaba perder movilidad.