Firme.
Y lo suficientemente fuerte para que todos escucharan.
—Julián, el dinero de papá ya desapareció. Tú lo sacaste.
El patio quedó en silencio.
Mi hijo aflojó un poco la mano.
Pero no me soltó.
Ernesto se acercó.
No gritó.
No lo empujó.
Simplemente colocó una mano sobre su muñeca.
—Julián, suelte a su madre.
—Usted no tiene derecho a decirme…
—No estoy discutiendo con usted. Le estoy pidiendo que la suelte.
Mi hijo miró alrededor.
Había personas observándolo.
Su hermana.
Sus sobrinos.
Vecinos.
Antiguos trabajadores de Ernesto.
Finalmente retiró la mano.
Yo retrocedí un paso.
Me acomodé la manga.
Y respiré profundamente.
Ernesto continuó:
—Quiero preguntarle algo.
Julián apretó la mandíbula.
—¿Qué?
—La carta que le envié. ¿La leyó?
Mi hijo permaneció callado.
—¿La abrió?
Después de varios segundos respondió:
—No.
Ernesto asintió lentamente.
—En esa carta le explicaba que vendí mi empresa hace años y que tengo suficiente dinero para vivir sin necesitar nada de su madre.