—¿Me ayudaría con los míos?
Su sonrisa desapareció.
—Mercedes, si su hijo se entera de que revisé sus cuentas, va a decir que eso era precisamente lo que yo quería.
—Lo sé.
—Entonces hagamos algo distinto.
Se inclinó hacia mí.
—Llame al banco. Pida los estados de cuenta impresos de los últimos doce meses. Que se los envíen a su domicilio. No al de su hijo.
Asentí.
—Está bien.
—Y léalos usted primero.
—¿Antes de mostrárselos?
—Antes de mostrárselos a cualquiera. Incluso a mí.
Aquellas palabras me hicieron mirarlo de una manera diferente.
Ernesto no quería tomar el control de mis cuentas.
Quería que yo lo recuperara.
No quería reemplazar a mi hijo como administrador.
Quería que dejara de necesitar a alguien para saber qué estaba pasando con mi propio dinero.
Esa tarde regresé a casa con el sobre en mi bolsa.