Cuando Valeria escondió la mano debajo de la sábana y le pidió a Daniel que cambiara las cerraduras, él comprendió que la agresión de aquella comida familiar no había terminado en el hospital. Al contrario: apenas estaba descubriendo hasta dónde había llegado el control de su propia madre.
Horas antes, Daniel había regresado a casa porque olvidó una carpeta del trabajo.
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Abrió la puerta esperando encontrar una tarde cualquiera.
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Lo que vio en el comedor le hizo detenerse.
Su esposa, embarazada de ocho meses, estaba escondida debajo de la mesa.
Valeria se protegía el vientre con una mano y se cubría la boca con la otra.
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Lloraba sin hacer ruido.