Y dedicó sus últimos años juntos a cuidarla.
Beatriz murió en aquella misma casa.
Ernesto me mostró una fotografía.
Era una mujer de cabello oscuro y sonrisa tranquila.
Estaba sentada junto al nogal.
—A ella le encantaba este lugar —dijo.
Durante años, después de su muerte, Ernesto no cambió nada.
Conservó sus libros.
Sus fotografías.
Sus rosales.
Y una pequeña mecedora junto a la ventana.
—Pensé que nunca volvería a querer compartir esta casa con nadie —confesó.
Lo miré.
—¿Y después?
Sonrió suavemente.
—Después conocí a una enfermera que toma café con un poquito de leche y sin azúcar.
Sentí que se me escapaban las lágrimas.
Ernesto continuó:
—Usted me contó que le dolían las rodillas. Que le preocupaba terminar dependiendo de otras personas. Entonces pensé que, si algún día venía a vivir aquí, debería poder entrar y salir sin que nadie tuviera que cargarla.