Pero sabía reconocer el miedo.
La vergüenza.
La mentira.
Y la preocupación.
Ernesto no parecía estar escondiendo una amante.
Parecía estar cargando un secreto demasiado grande para contarlo.
Finalmente decidí averiguar la verdad.
Recordé que una tarde había escrito su dirección en una servilleta.
La encontré dentro de un libro de recetas.
Debajo de unas palabras que había anotado sobre el color de la cocina de mi madre.
El jueves siguiente conduje unos cuarenta minutos hacia las afueras de Santiago.
La carretera estaba tranquila.
A ambos lados había árboles y pequeñas propiedades.
Cuando llegué, encontré una casa blanca de una sola planta.
Tenía una cerca sencilla.
Un nogal enorme daba sombra al patio.
Había una camioneta estacionada junto a un cobertizo.
Y la puerta de la cochera estaba completamente abierta.
Escuché música ranchera.
También el sonido de una herramienta.