Al marido que me llevaba una taza de té cuando estaba enferma.
Al padre que fingía no estar nervioso el primer día de colegio de nuestros hijos.
Al anciano que, en sus últimos meses, había intentado reparar errores que ya no podía explicarme en persona.
Doblé la carta y la guardé junto a las otras.
Después bajé a la cocina.
Preparé dos tazas de té por costumbre.
Cuando vi la segunda taza, sonreí entre lágrimas.
La dejé en el lugar donde Walter solía sentarse y me quedé un momento mirando la silla vacía.
—Te perdono por lo que no supiste contarme —susurré—. Pero ojalá hubieras confiado en mí.
No esperaba respuesta.
Y no la hubo.
Solo el sonido del reloj de la pared y el viento que movía las ramas del jardín.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, el silencio no me pareció una amenaza.