Al día siguiente, contactamos con un abogado y solicitamos ayuda para verificar los documentos y los resultados genéticos. No queríamos seguir construyendo nuestra historia sobre recuerdos incompletos ni sobre papeles que alguien podía haber manipulado.
Las nuevas pruebas confirmaron que yo era la madre biológica de Linda y Susan. Los registros médicos también respaldaban la cronología que nuestra tía nos había contado.
Fue devastador.
Pero, poco a poco, empezamos a comprender algo importante: ninguna de nosotras tenía la culpa de lo que había ocurrido.
Yo no era responsable de los abusos que sufrí. Linda y Susan no eran responsables de haber crecido creyendo una historia falsa. Y nuestra madre, aunque había intentado protegernos, había cometido errores que nos habían robado el derecho a conocer nuestra propia identidad.
Durante los meses siguientes, comenzamos a reconstruir nuestras vidas de otra manera.