La tía Elizabeth se cubrió el rostro con las manos y lloró durante varios minutos. Nunca la había visto tan destrozada.
Finalmente, levantó la cabeza y nos miró una por una.
—El padre de Linda y Susan era vuestro propio padre.
Por un instante, ninguna de nosotras comprendió aquellas palabras.
—¿Nuestro padre? —pregunté, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies—. ¿Estás diciendo que papá era el padre de mis hijas?
Elizabeth asintió lentamente.
Susan comenzó a llorar. Linda se levantó de la silla y caminó hasta la ventana, negando con la cabeza.
—No. Eso no puede ser verdad. Nuestro padre jamás habría hecho algo así.
—Vuestro padre no era el hombre que vosotras creíais —respondió nuestra tía—. Y vuestra madre pasó el resto de su vida intentando protegeros de una verdad que la habría destruido.
Le pedí que nos contara todo desde el principio.