Elena tomó la factura entre dos dedos y la levantó como si fuera una simple hoja sin importancia.
—¿Cuarenta y ocho mil? —preguntó, soltando una pequeña carcajada—. ¿Ahora me vas a cobrar a mí?
Nadie respondió.
Yo mantuve la mirada firme.
—No te estoy cobrando por ser mi suegra. Te estoy cobrando por todo lo que consumiste, reservaste y prometiste pagar.
Uno de los hombres de la mesa carraspeó incómodo. Una mujer dejó lentamente su copa sobre el mantel.
Elena se inclinó hacia mí.
—No hagas un espectáculo delante de mis invitados.
—El espectáculo lo empezaste tú cuando me llamaste “la que sirve” delante de ellos.
Su rostro cambió.
Por primera vez aquella noche, Elena perdió el control de su sonrisa.
—Tú no entiendes cómo funcionan las cosas en esta familia.
—No —respondí—. Creo que por fin las entendí perfectamente.
Marisol apareció detrás de mí con una carpeta negra.
La había dejado preparada en la oficina.
—¿Quieres que entregue también esto? —me preguntó en voz baja.
Elena la miró.