Lo miré sin responder.
Su abogado colocó una carpeta sobre la mesa.
—Mi cliente desea resolver amistosamente el divorcio.
Julian sonrió.
—Solo tienes que firmar unos documentos.
Miré la carpeta.
No contenía únicamente los papeles del divorcio.
También había una autorización para transferir mis propiedades comerciales a una sociedad llamada Westbridge Development Holdings.
La misma empresa que Julian había utilizado para acumular millones en deudas.
—No voy a firmar —respondí.
Su sonrisa desapareció.
—Clara, no compliques las cosas.
—Salgan de mi habitación.
Julian se inclinó hacia mí.
—Nadie va a querer contratarte ni hacer negocios contigo cuando vean tu cara.
Sentí que aquellas palabras me atravesaban.
Pero esta vez no bajé la mirada.
—Mi valor nunca estuvo en mi rostro, Julian.
Él soltó una carcajada.
—Nos veremos en el tribunal.
—Sí —respondí—. Allí nos veremos.
Dos semanas después, el señor Vance llegó al hospital con una carpeta gruesa.